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Cómo hacer dormir a un niño o por qué el insomnio produce monstruos



De las peores cosas que recuerdo de criar a un niño pequeño es el no poder dormir. Querer dormir, sin más, tener la necesidad de cerrar los ojos y desaparecer por una noche… unas horas al menos… un rato si acaso. Mi hijo, en cambio, me miraba con los ojos como platos, masticando furiosamente su chupete. Él no quería dormir. Él que podía, que tenía todo el día para hacerlo, que no tenía que trabajar al día siguiente… él no quería dormir.

Aquellas noches en vela, a medida que se repetían, me hacían creer que, por algún extraño proceso de abducción, había abandonado el mundo de la cordura. Entre brumas, se me dibujaban alrededor las paredes de la habitación 101, esa en la que G. Orwell hacía pasar tan malos ratos a Winston en “1984, y le sometía a experimentos de deprivación del sueño, y de ratas enjauladas y no sé cuántas pesadillas más. Al final, el pobre Winston acababa por aceptar que dos y dos eran cinco, y se negaba a creer que alguna vez hubiera pensado que eran cuatro.

Cuatro, cinco… seis de la mañana y seguía sin poder pegar ojo. El niño parloteaba, jugaba con sus muñecos y me daba un manotazo cada vez que notaba que yo me había dormido, aunque solo fuera un segundo. Empecé a dar vueltas por la habitación, mirando distraídamente en las estanterías, no sabía si buscando un cuento para mi hijo o una pastilla de cianuro para mí. Oculto entre otros volúmenes de mi biblioteca (que cada vez se iba pareciendo más a los anaqueles de las escuelas de primaria), apareció un curioso título: “Cambio”. Stop. “Formación y solución de los problemas humanos”, decía el subtítulo. Autor: Paul Watzlawick.

Un cambio. Eso necesitaba yo. Y comencé a releer las páginas subrayadas. Algunas incluso en voz audible. El niño me escuchaba muy atento, como si estuviese oyendo a un marciano.

Las 5 ideas de una filósofa personalmente convencida



Esta mañana me he encontrado una agradable sorpresa en mi correo electrónico. Ángel, de Viviralmaximo.net ha enviado a todos sus suscriptores un pequeño regalito. Se trata de su propia reflexión sobre un puñado de ideas que le han cambiado la vida. Y lanza un reto a los blogueros que le siguen. Nos anima a escribir en nuestros blogs, grandes o pequeños, las ideas que nos han cambiado la vida.

Por de pronto, diré que yo aún estoy en busca de esa idea fabulosa que me cambie la vida por completo. Con el pasar del tiempo me voy dando cuenta de que es como empeñarse en encontrar un unicornio o una sirena: solo se aparecen a las almas puras. Así que prefiero ajustar mis ambiciones a algo más realista, y de momento, me conformo con algunas sugerencias, pensamientos o chispas que me hacen más llevadera la existencia. 

Advierto que la lista no es apta para todos los públicos, que no tengo pruebas científicas para ninguna de las afirmaciones que hago y que no he encontrado argumentos sólidos con qué sustentarlas. Sin embargo, a mí me han funcionado, y me han ayudado a entender que la vida es una travesía de largo recorrido. Conocemos el resultado final, así que lo interesante es centrarse en lo que sucede mientras tanto.  
Un cambio de vida

1. Los dragones de la suerte existen 


Puede que sus escamas no sean de color madreperla, ni tengan la voz melodiosa como un repiquetear de campanas, pero te aseguro que existen. Acuden en tu ayuda cada vez que tomas una decisión valiente. No son visibles al ojo humano, pero notas su presencia cuando te socorren. Su piel es suave como alas de mariposa y transmiten una fuerza arrebatadora.

Me he encontrado con ellos más de una vez. Cada vez que he tomado una decisión arriesgada, incluso ante la incomprensión de muchos, me he sentido arropada por una especie de energía inspiradora que me ha ayudado a seguir adelante. Un dragón de la suerte es esa sensación interna que tienes de estar haciendo lo que tienes que hacer, a pesar de las críticas y hasta del enfado de muchas personas cercanas. Cuando tienes la certeza de que ese y solo ese es tu camino, te sientes imparable, atrapado por una corriente más poderosa que tú mismo, que te conduce, casi sin darte cuenta, al lugar en el que quieres estar.

Los dragones no aparecen inmediatamente; esperan un poco hasta comprobar si tu determinación es firme. Cuando comprueban que así es, se te acercan y su compañía ya no te abandona. Los psicólogos modernos lo llaman coherencia, compromiso, focalización y yo qué sé qué más. Lo que sí sé es que su sustancia es la suerte, son benéficos y van del lado de los que se atreven con lo imposible.

Supe de su existencia a través de uno de mis inmortales favoritos: "La historia interminable", de Michael Ende. No, no es una fábula para niños. Es una narración secuenciada del camino de autodescubrimiento de cualquiera de nosotros. Desde el mismo momento en que sientes que la vida que estás viviendo no es la que quieres vivir, hasta que consigues poner en marcha todos tus recursos para convertirla (convertirte) en algo (alguien) diferente. Las circunstancias pueden ser las mismas, pero solo tú puedes hacerlas jugar a tu favor.

"La historia interminable" merece, definitivamente, una entrada aparte, y se la dedicaré otro día. 

 2. Pide que el camino sea largo

 

 “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca /pide que el camino sea largo,/ lleno de aventuras, lleno de experiencias (…)”. Y así otros 33 versos para completar el poema de Cavafis.

Desde que lo descubrí, me convencí de que la vida y los sueños merecen vivirse con intensidad, no por lo rico que puedas llegar a hacerte o la fama que puedas alcanzar, sino por el placer de atreverte a hacerlo. En realidad no importa el resultado, no se trata de obsesionarse con cumplir tal o cual meta; lo importante es ponerse en marcha, ser capaz de tomar tus propias decisiones, de asumir tus riesgos y disfrutar mientras lo haces.

A veces es difícil encontrar el sentido de la vida. Uno se propone novecientos treinta y ocho objetivos que cumplir. Recibe clases, lee libros y se plantea iniciar una empresa, sea esta con ánimo de lucro o no. Si solo te concentras en el resultado, te perderás lo mejor de la travesía. En el camino conocerás gente nueva, aprenderás algo de todos ellos, siempre encontrarás una perla que te inspire. El premio de una vida no se mide en monedas, sino en vivencias. 
 

 3. Hay abundancia para todos

 

La mayoría de nosotros hemos sido educados en una mentalidad competitiva, como si tuviéramos que pelear furiosamente por cada migaja. Vivir con ese desasosiego provoca la creencia de que el mundo es un lugar hostil. Nos hace  incluso desear cosas que en realidad no queremos ni necesitamos, por el simple gusto de mostrárselas  o arrebatárselas a otros.

Cuando vives dentro de ese paradigma, crees que eso es lo normal. Al fin y al cabo, la propia naturaleza es una lucha feroz por la supervivencia. Incluso desde un punto de vista evolutivo, si no tuviéramos ese afán por el medro, no habríamos logrado sobresalir sobre el resto de especies con las que compartimos el planeta.

Un clásico de Marvin Harris ("Nuestra especie") de 1990, me hizo reflexionar mucho sobre este asunto. Los seres humanos tenemos costumbres diferentes, creencias distintas, tabúes ininteligibles. Harris explica cómo esos diferentes sistemas de creencias se sustentan sobre la escasez de los recursos naturales y la necesidad de preservarlos.

Sin embargo, el ser humano, a lo largo de su evolución, ha desarrollado otros sistemas que se han mostrado igual de eficaces, o incluso más, para su supervivencia. Se trata de sistemas cooperativos, de ayuda mutua, de compartir los recursos, de prestar apoyo.

Antropólogos y psicólogos han investigado cómo se traducen esos conocimientos en algo útil para la sociedad de hoy. Elliot Aronson, en "El animal social" (la octava edición en castellano es del 2005), hizo una recopilación magistral de cientos de experimentos de psicología social que ayudan a entender cómo nos relacionamos las personas unas con otras. De sus ideas (el original es de 1975) proceden la mayoría de los manuales de divulgación que hoy en día existen sobre el llamado neuromarketing, comunicación de masas,  creación de equipos de trabajo, técnicas de venta y persuasión.

Sin embargo, la idea de la mentalidad de abundancia no se encuentra como tal en ninguno de estos dos investigadores, y más frecuentemente se le suele atribuir a S. Covey, aunque son muchos los autores que la han desarrollado, sobre todo en la última década.

A mí la idea me llegó de una manera gráfica, se la oí decir a un psicólogo que la aplicaba en su día a día en la gestión de colaboradores. Y puedo decir que me cambió la vida, porque desde ese momento dejé de pensar en los recursos como un bien escaso. Comprendí que la mentalidad de acaparar (lo que sea, dinero, conocimiento, pisos o abrigos de visón) provocaba efectivamente escasez y malentendidos entre las personas. El paradigma de la abundancia, en cambio, permite que los bienes fluyan libremente, de manera que cada uno pueda aportar su porción de valor. El conocimiento empaquetado en bibliotecas o museos pierde gran parte de su valor. En cambio, cuando se permite un acceso libre, genera más conocimiento y más avances. Lo mismo pasa con el dinero e incluso con los sentimientos individuales que podemos albergar hacia las personas que nos rodean. Definitivamente, el mundo sería un lugar mejor si en lugar de concentrar nuestros sentimientos de amor o fraternidad sobre un puñado de personas, fuéramos capaces de extenderlos hacia todos los seres humanos.

La abundancia es, en gran medida, una creación mental. Los valores humanos más importantes (creatividad, generosidad, inspiración, solidaridad) son infinitos. 

4. La buena vida: haz lo que quieras

 

Una vieja película de Frank Capra (“Vive como quieras”, 1938) me hizo entender que las personas no convencionales son las que marcan la diferencia. Que precisamente quienes se atreven a romper los tópicos o las normas sirven de inspiración a la generación siguiente.

Pero no es de Capra de quien he extraído la frase, sino de Fernando Savater. En “Ética para Amador” explica que la buena vida te permite hacer lo que quieras. La sorpresa está en lo que significa la buena vida y lo que quiere decir hacer lo que se quiere.

En resumen, la buena vida consiste en aprovecharla en todas sus facetas; en valorar el cuerpo y la mente como dos herramientas valiosísimas para conquistar la realidad. Hacer lo que uno quiere tiene que ver con el ejercicio de la voluntad, con la capacidad de crear, de tener iniciativa, de hacer real aquello que uno sea capaz de imaginar.

Así, darse la buena vida es ser capaz de crear y vivir la vida que uno ha soñado. Creer en un sueño es el principio de la materialización.

5. Menos es más: simplicidad


En los años (ya son unos cuantos) de mi vida, he pasado por épocas muy extravagantes y por otras muy simples. Recuerdo especialmente cuando estaba en la treintena. Mi vida era bastante complicada. Pensaba que no tendría tiempo para hacer todas las cosas que quería hacer. Así que trabajaba, investigaba, me apuntaba a clases de baile, de yoga, de pintura y de declamación poética; asistía a fiestas, me encantaba disfrazarme, y los fines de semana salía de excursión o practicaba rappel.

Fueron unos años muy intensos, de hermosas vivencias y en los que hice grandes amigos. Algunos los perdí, otros los he ido recuperando después. Ese estilo de vida me obligaba a unos horarios muy extraños, y aunque en mi casa guardaba siempre un orden impecable, lo cierto es que cualquier pequeño contratiempo podía convertirse en una tragedia. Por ejemplo, que se me estropeara el coche era de las peores cosas que podía imaginar, pues significaba un descalabro completo de mi agenda. Era una época loca, en que compraba muchas cosas que apenas usaba. No podía concentrarme en ninguna actividad en profundidad. Siempre me quejaba de la falta de tiempo, de no disponer de suficiente dinero para sustentar la vida que quería llevar, de trabajar demasiadas horas y dormir muy pocas.

Muchas de las ideas que fui poniendo en práctica para cambiar ese estilo de vida las encontré después recogidas en “Simplifica tu vida”, de Elaine Saint James. La autora da pautas muy concretas para hacer tu vida más asequible, y sobre todo, mucho más confortable. En el 2000 publicó una versión ampliada para padres: “Simplifica tu vida con los niños”, que también he utilizado mucho después.

(Me escondo en los paréntesis para decir que si hay una idea que realmente me haya cambiado la vida, ha sido la de tener un hijo…)


Epílogo. Nadie puede hacerlo por ti

Este verso suelto de W. Whiltman es el pensamiento más valioso de cuantos van poblando mi existencia: la vida, tu vida, hagas lo que hagas con ella, es cosa tuya: nadie la puede vivir por ti.

....


No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, 
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

  (...)
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.

(W. Whilman)

Star Treck, responda otra vez (o por qué el blanco no es mi color favorito)

Un tipo de criaturas que me fascina de la saga Star Treck son los Borg. Los Borg son unas criaturas extraterrestres que viajan por el espacio, mucho más allá del cuadrante Alfa. No emplean naves corrientes, tipo crucero como los Klingon. Su tecnología está a años luz de la de cualquier otra especie. No tienen un planeta de origen; en cambio, asimilan la cultura y la vida de mundos completos. A bordo de sus incalificables buques estelares –totalmente esféricos o perfectamente cuadrados– viven enjambres completos de estos seres, conectados a través de algún tipo de ciberenchufe a un servidor común que denominan la Reina Madre.

Estas criaturas pueden presentar casi cualquier aspecto posible. Tienen una parte orgánica procedente de alguna de las más de 200 especies inteligentes de ese universo ficticio: humanos, vulcanianos, cardasianos, ferengi, xindi, etc. Sobre esa estructura de carne se encuentra otra de tipo electrónico sabiamente incardinada.

El resultado final se parece un poco a Frankestein, tierno engendro concebido por Mary Shelley. Igual que el monstruo, los Borg tienen ciertas capacidades humanas básicas, pero a diferencia de él, es su parte mecánica, o electrónica, la que gobierna su comportamiento. Como si estuvieran conectados a un ordenador central (una especie de nube muy sofisticada) son capaces de actuar de manera milimétricamente coordinada. Cada individuo cede su particularidad en beneficio del ente común. Su estructura social es similar a la de las abejas, las hormigas o termitas. Y su capacidad de trabajo y ansia de perfección, ilimitadas.

BORG seven of nine

Un Borg en mi vida



Desde que aparecieron ante los ojos del Capitán Picard, en la saga de "La nueva Generación", me dejaron absolutamente fascinada. Por esa extraña asociación de ideas que caracteriza mi loco pensamiento, llegué a creer que representaban la cultura en su versión más psicoanalítica.

Da un poco de miedo pensar esto, pero os explicaré cómo lo veo yo. Todas las personas nacemos con un cuerpo. Nuestro cuerpo, además de físico, es también químico, o, dicho de otro modo, produce una energía que nos permite funcionar con normalidad, la mayoría de las veces.

Aparte de esto, por una curiosa interrelación entre nuestra química interna y la de las otras personas que nos rodean, vivimos envueltos por una capa emocional que define gran parte de nuestros actos: amamos, odiamos, sentimos asco, dolor o miedo, y todo eso siempre provocado o dirigido por elementos que están fuera de nosotros. Además disponemos de una fabulosa herramienta cognitiva que nos permite entender e interpretar lo que nos pasa y comprender cómo funciona el mundo exterior. Estas dos facultades conjuntas: emoción y mente, es lo que los griegos denominaban psique, origen de la moderna palabra Psicología. Las tradiciones cristianas prefirieron llamarlo alma.

Otras escuelas filosóficas hablan de una tercera dimensión en nuestra humanidad: el espíritu, o esa capacidad superior que nos conecta con la esencia misma del universo. Pero de eso hablaremos otro día.

Si tomamos nuestra parte corpórea (es decir, la física y la química) junto a nuestra parte psíquica (la mente y las emociones), podemos decir que tenemos definida nuestra humanidad: el individuo que somos. Sin embargo, a todo eso que somos bien sea por naturaleza, por evolución darviniana, por gracia divina o por lo que sea, hemos de añadir la influencia de la cultura en la que vivimos.

Por cultura entiendo todo el conocimiento que nos es transmitido a través de las generaciones, y que sería imposible de adquirir individualmente. Imagínate que cada niño que nace tuviera que aprender a cultivar el campo, a hacer pan, a generar excedente, a comerciar, etc., sin partir de ningún conocimiento previo. Eso que nos viene dado desde fuera es la cultura. Se trata de un elemento válido, en principio útil y necesario para subsistir con normalidad en un planeta, el nuestro, poblado por muchas otras especies.

Pero la cultura tiene también otros componentes, en forma de normas sociales, tabúes, modos de comportamiento, que pueden a veces limitar nuestro potencial interno, nuestra creatividad. De alguna forma, la cultura nos impone un corsé en el que debemos sujetar nuestros sentimientos, nuestros pensamientos y nuestros actos, y acomodarlos a lo que “debe hacerse” en cada situación concreta. Eso es muy parecido a la casaca que visten los Borg.

Una situación, una App


En realidad, se trata de un personaje social que vestimos a diario para enfrentarnos a las situaciones de la vida. Es como si dispusiéramos de un traje mental para ajustarnos a cada circunstancia. O, en una mentalidad más postmoderna, sería algo así como una App que nos ayuda a movernos en los diferentes aspectos de nuestras vidas. Por ejemplo, ahora tengo que ir a trabajar, me coloco la WorkingApp; después toca una reunión con la familia, actualizo la FamilyApp. Así para cada uno de las áreas o compartimentos en que dividimos nuestras vidas.

Hace tiempo, en el año dos mil y poco, me encontré de pronto en una situación en que se activaron a la vez varias de estas App, y mi ya de por sí tarada personalidad, a punto estuvo de entrar en crisis. Has acertado, se trata de

Mi Sanjuán más surrealista


Aparte de las fiestas con hogueras, velitas en las playas y flores en el pelo, existen muchas otras formas de celebrar la llegada del verano. Ese año me habían invitado a una reunión de la que sabía muy poco, excepto una exigua consigna: “Ir vestido de blanco”.

La persona que me había invitado pertenecía a mi círculo más wicca, la parte más espiritual de mí misma. Comenté aquello con mis compañeros de universidad, ante quienes siempre he preservado una cara de lo más formal: aplicada, disciplinada y académica. Debí de mostrarme muy entusiasmada, porque decidieron acudir.

Una persona más se unió al evento. Se trataba de Rainy, mi colega de fatigas en el trabajo. Por aquella época yo trabajaba para una empresa de objetivos muy comerciales, y Rainy y yo teníamos que bregar a diario con proveedores, jefes de almacén y reponedores. Esa actividad nos había convertido en una suerte de mujeres viriles, con un rol muy masculino y enérgico. Para colmo y para complicar más mi frágil equilibrio emocional, Rainy pensó en traer a su novio, un argentino, acoplado a otros tres amigotes, de los de fiesta diaria, botellón en mano.

La persona organizadora del evento nos había citado a las seis de la tarde en el aparcamiento de un polígono industrial. En total había llegado a convocar a casi quinientas personas. Todos partieron en sus coches, excepto yo, que esperaba a Rainy y sus amigos. Dos horas más tarde, por fin llegaron… vestidos de negro, con camisetas  de Nirvana y su lema Never mind, varias botellas de alcohol y preparados para el desfase habitual de una fiesta poligonera. Si hubieran llegado un poco antes, se habrían dado cuenta de que el polígono era solo el punto de partida. Habrían visto a un montón de gente tarareando temas de NewAge, vestidos con ropas blancas, muchos de ellos vegetarianos y abstemios.

Nos perdimos por el camino. Rainy y yo no paramos de discutir en todo el trayecto. Cuando por fin llegamos, nos encontramos con una fila de personas vestidas de blanco, con velas en la mano, que se dirigían hacia una cueva bordeada por una pequeña cascada de agua, donde otra persona les ponía las manos en la frente. Formando cola estaba mi amiga wicca. Me saludó vestida con su túnica blanca. Yo llevaba una bolsa de supermercado con un bocadillo, y Rainy cargaba con un bolsón de destilados. Su novio y sus amigos argentinos se movían perezosamente, medio borrachos, destacando con sus oscuras camisetas sobre el blanco y las luces. Apartados de aquella “juerga” estaban mis amigos de la universidad, atónitos ante lo que veían, preguntándome con la mirada qué estaba pasando. Sentí varios pares de ojos dirigidos a mí, cada uno con un interrogante distinto, esperando una respuesta incompatible. 

La sensación que tuve fue la de estar totalmente desnuda. Cualquiera de mis personajes sociales era inadecuado para esa situación. Se habían activado demasiadas App a la vez y mi sistema se estaba descalabrando. Cuando me llegó el turno de pasar por la cueva, formulé un deseo: “Quiero ser una sola persona, no deseo interpretar ningún personaje”. Me he pasado los siguientes diez años tratando de conseguirlo.

Al día siguiente, en el trabajo, Rainy y yo nos miramos al llegar a la oficina. No sabíamos qué decir. Terminamos contándolo todo a nuestros compañeros de trabajo, y, una vez más, decidieron que no éramos personas corrientes. Quizás ya sospechaban que nuestro universo estaba más allá del cuadrante Alfa, en lugares a los que nadie ha llegado jamás.     

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La foto de hoy es de un artista gráfico llamado Shanryan, y la he encontrado en delira.deviantart.com. Mi agradecimiento y reconocimiento a su trabajo.

Loquita Vida mía o cómo no estrellarse mientras conduces un autobús manicomio



Una de las cosas que encuentro más difíciles en esta vida es ser la misma persona todo el rato. Me refiero a no perder la cordura cuando en tu existencia se suceden hechos tan dispares como mantener una conversación telefónica con tu suegra sobre el color de las cortinas, mientras cumplimentas on-line el modelo 390 en la página de la Agencia Tributaria. O apuntarte a las charlas de radio patio y luego acudir a la biblioteca municipal a estudiar uno de esos tochos de preceptiva renacentista que solo me gustan a mí.

No pasaría nada si cada una de estas actividades las realizase uno de los protagonistas de The Big Bang Theory. El problema es cuando se trata de una sola persona, es decir, yo. A veces, el mismo día.  

Me explico


Ayer, sin ir más lejos, a las nueve de la noche, ya en chanclas de estar por casa y casi con el rulo puesto (menos mal que me he cortado el pelo y ahora no tengo que pasar por ese vergonzante aspecto doméstico) bajo a tirar la basura. Un paseo nada glamuroso, vamos: tú me dirás dónde voy yo con semejante bolso de mano. A lo que iba. No bien acabo de pisar la acera, me encuentro de frente con Orlando, mi antiguo jefe. Guapetón, maqueado, elegante todo de negro y acompañado por otros dos amigos en un plan igual de ligón.

No me considero presumida, pero no pude evitar sentirme en una de esas situaciones tipo “Y-yo-con-estos-pelos” en que no sabes dónde meterte. Inmediatamente me planteé cambiar de hábitos a partir del día siguiente, y sobre todo, me propuse muy seriamente dejar atrás mi vida de mujer casada con hijo. En concreto, pensé en llevar a cabo una de estas dos estrategias:

1) Que a partir de mañana sea otro quien baje a tirar la basura, o
2) Cambiarme la ropa interior y ponerme tacones altos previamente a bajar yo a tirar la basura.

Menos mal que Orlando, que siempre me ha mirado con buenos ojos, me dijo que estaba muy guapa. Enseguida olvidé todo lo que había dejado tras la puerta de mi hogar, o sea, las croquetas descongeladas, la ropa sin planchar y los dibujos de Bob Esponja en la tele.

A los que os imagináis que sigue el relato de una noche loca de lujuria e infidelidad, siento decepcionaros: ¡qué más hubiera querido yo! El caso es que de repente pasé de ser una triste ama de casa superada por las circunstancias a mostrarme tal como soy: una mujer organizada, resolutiva, eficiente, amable y con inteligencia emocional. Ah, y con glamour. Bueno, a lo mejor he exagerado un pelín. Solo un pelín.  

Luego más tarde, cuando ya todos dormían y yo aprovechaba para completar el “listado de las cosas que han merecido la pena en este día”, pensé en lo duro que resulta combinar los distintos personajes que nos toca representar en nuestras vidas.

Lo que hay que hacer, Dios mío

 
La menda lerenda
A modo de ejemplo, aquí os presento un trailer con los principales protagonistas del día de ayer, estelarmente interpretados por la menda lerenda

1) Señorita Rotenmeier, recién levantada y sin peinar, marcando el ritmo de la rutina mañanera: despertar al niño, preparar los desayunos, revisar la mochila, caminar hasta el colegio y despedida con beso. Esta última parte interpretada por Mamita besucona 2.0.

2) Working girl. Máscara de pestañas, falda lápiz y portafolio con portátil incluido. Toca ser audaz, entretenida, cargada de energía positiva y con buena oratoria para presentar el power point en la sesión de hoy. Curso: “Liderazgo emocional para colaboradores”.

3) Rácana sin complejos. De regreso del Mundo de Oz, me paso por el supermercado. ¡Pero qué cara está la cesta de la compra! Si no fuera porque lo venden casi todo envasado, me habría dedicado a amargarle el día a la carnicera pidiéndole cuarto y mitad de picada. Seguro que se hubiera acordado del día que hizo pellas en tercero de EGB. Mi versión más bruja. Si piensas en la Vieja del visillo, más o menos te haces una idea.

4) Entrenadora personal, lo que viene siendo la coach de toda la vida. O al revés. En fin, motivadora profesional de un niño de siete años que no le encuentra sentido ninguno a copiar cinco veces en el cuaderno de caligrafía la frase “Miguel come guisantes extraídos de la vaina”. Puff. A inventarse un manual oral sobre: “Las ventajas de tener buena letra”. Explícaselo a un nativo digital. Utiliza frases tipo: “Tú puedes”, “Nada es imposible”, “La buena letra te hará libre”. Advertencia para padres: no se te ocurra emplear ninguna versión desactualizada parecida a “Quien bien te quiere te hará llorar”, o “La letra con sangre entra”. No lo hagas. Aunque tengas muchas ganas de hacerlo. No lo hagas.

5) Kalimero o pollito asustado en la reunión de bienvenida con la tutora del colegio. Sentada en un pupitre enano, con las rodillas aplastadas y el trasero encogido. Voz en off que dice: “Vuelve a revivir el auténtico terror de tus pesadillas infantiles. Acuérdate de la Señorita María Angustias, que en paz descanse, o de Don Heliodoro, que Satán lo tenga en su puchero, y trata de no gritar… si puedes resistirlo”. Tomo notas en un cuaderno sin margen ni cuadrícula y voy haciéndome una idea del calvario que viviré los próximos ocho meses.

Con tal batiburrillo de circunstancias que llamo amorosamente Vida mía, me cuesta entender cómo puede una, dentro del mismo cuerpo y sin el don de la ubicuidad, no volverse loca. Cómo pasar de ser encantadora y amable con tus clientes a convertirte en una orate desencajada mientras haces los deberes con tu hijo. Y todo eso sin dejar de ser una niña asustada.



Speed en Villavaleria


Esta variedad de particulares personalidades que me poseen por turnos (sí, me poseen como sátiros guarretes hasta convertirme en la niña del exorcista) me recuerda algunas de las escenas de Speed, protagonizada por Keanu Reeves y Sandra Bullock. Me imagino a mí misma viajando en un autobús a 50 millas por hora (aunque no tengo ni idea de cómo de deprisa es eso) en una ciudad que no es Los Ángeles, y que ni siquiera aparece en Googlemap.

Atravieso la calle principal de Villavaleria. Sé que no puedo detenerme, o todo a mi alrededor estallará en pedazos. Muchos de los pasajeros se han vuelto histéricos, desencajados. Cada uno trata de imponer su criterio, y se gritan unos a otros “¡Que alguien haga algo!”

Ahí está la Señorita Rotenmeier, que exige, a toda costa, seguir las normas del código de circulación. No sé si darle un sopapo o devolverla a los mundos de Heidi. Luego está la listilla sabelotodo que suele importunarme con sus teorías sobre el comportamiento humano: ponte en su lugar, tiende un puente de oro, consigue el sí (véase manual de Fisher y Ury: “Obtenga el sí”)… ¡Y una porra!… Para ponerme a filosofar estoy yo. La bruja cotilla se asoma en un intento de cameo, pero la dejo tiesa e inmóvil con solo mirarla.

Al final mi pollito Kalimero, vulnerable y quebradizo, aunque más listo que el hambre, es quien se hace cargo de la situación. Vale, puede que en mi Speed reloaded no me parezca mucho a Sandra Bullock, y nunca ganaré el Oscar, ni aquí ni en mi versión Gravity, que también la tengo, pero por lo menos me salva de más de un apuro.

Me coloco el cascarón roto por montera y tiro de la burra, o del volante del autobús, que viene a ser lo mismo. Amordazo a todos los otros personajillos que me incomodan con su cháchara continua y me concentro como puedo en cumplir con dignidad. Al final logro llegar sana y salva al final del día. Otra vez bajo yo a tirar la basura. Sin cambiarme la ropa interior y sin calzarme los estiletos. Hoy no me encuentro a Orlando. Qué pena. Mañana será otro día.


No te pierdas la próxima semana las nuevas aventuras de Kalimero en Villavaleria. Explicaré cómo conseguí reconciliar a todos mis yos en uno solo. Exclusiva versión remasterizada de uno de mis Sanjuanes más surrealistas.

¡Hasta el viernes!
     




A menudo leo muertos o cosas que no sabías de vivir en una isla

A menudo leo muertos. Me llaman en susurros desde los estantes de librerías y bibliotecas, y aunque trato de ignorarlos, no me dejan en paz. Insisten una y otra vez con sus títulos anticuados, suplican lastimeramente a través de sus páginas manoseadas y suaves. Miro a un lado y a otro, para ver si alguien más escucha su lamento, pero nadie parece oírlos, salvo yo. Me aseguro entonces de que ninguna criatura humana me rodea y decido abrir su portada. Un peculiar aroma a tinta hace décadas impresa, sobre un delicado buqué de moho y polvo, se me cuela por la nariz.

A partir de aquí, ya no hay vuelta atrás. El chute me dura todo el día, y me transporta a velocidad warp a lugares donde nadie ha llegado jamás, ni siquiera los audaces tripulantes de la Enterprise. Como Picard, aka Patrick Steward, adoro los libros antiguos, los que van cambiando de peso de una mano a otra mientras los lees. Sus descendientes semivirtuales, casi incorpóreos, evolucionados en ciberlibros, me fascinan, pero aún no me seducen de la misma forma que sus ancestros. 

 
Mi Robinson salvado de las olas

 Nací en el año 1632


Yo no. Robinson. Con ese nombre no necesita apellido. Ni abuela, porque él solito se presenta. A mí me llegó de rebote, abandonado sobre la vitrina de libros expurgados de la biblioteca municipal. Olvidado a la deriva, entre muchos otros muertos, y restos del naufragio de los planes de cultura, comenzó a llamarme como una sirena hambrienta. Allí mismo me puse a alimentarlo, pues los libros reviven cuando alguien los lee, y quien lee, asimismo, renace cuando se conecta a ellos, sin necesidad de wifi ni puertos USB. ¡Toma tecnología Matrix!

Lógicamente, tuve que sentarme. Una cosa es reverenciar la letra impresa, y otra muy distinta tener que aguantar de pie toda la historia. El relato, a pesar de la traducción, conserva ese tono casi inocente de los siglos pasados, cuando aún no había fórmulas para escribir un bestseller; y sin embargo, este libro lo fue. Algo hay de mágico y perdurable en la travesía de este navegante, en su desesperación inicial, sus años de soledad y finalmente, su regreso a la civilización. A priori, tres siglos después, no hay muchas cosas que sigan igual...¿O sí?  

 

Naufragios y doblones de oro


Entre páginas de marineros y caníbales, fui comprendiendo qué tenía que ver esa peripecia conmigo.

Para empezar, yo también vivo en una isla. No llegué aquí tras un naufragio, sino que vine en cabina de avión, con aire acondicionado, en la época en que las azafatas repartían bolsitas de cacahuetes y zumos de tomate gratis. Cuando mi avión aterrizó, me di cuenta de que esta no era una isla deshabitada, sino muy concurrida. Aquí había casi de todo, desde tiendas de marca tipo Loewe y Scada, hasta centros de dietética y comida orgánica. Sin olvidar clases de yoga y playas nudistas.

En segundo lugar, Robinson logró rescatar una pequeña cantidad de monedas antes de que su barco se hundiera en el mar. No tuvo ocasión de emplearlas en todo el tiempo que estuvo en la isla. En cambio, yo, que me traje algunas pesetas en billetes de mil, no dejé de encontrar motivos para gastarlas, pero, claro, el dinero no da de sí como un jersey, por muy usado que esté. 

Así que pensé que tal vez las semejanzas había que buscarlas en otro sitio. 

 

Manual de supervivencia


Quizás los naufragios ya no son lo que eran, y pocas veces suceden con la frecuencia de antaño, salvo tal vez a Tom Hanks, pero ese es otro tema. Un naufragio puede ser cualquier situación inesperada, en que uno se ve de pronto arrojado de una vida más o menos cómoda a una playa desventurada. Un naufragio ocurre en la vida cada vez que alguien pierde su trabajo, o cuando tu cuenta corriente empieza a ponerse al rojo vivo y te entra el "débola": "debo la luz", "debo la contribución", etc. (Para más detalle, consultad los memes del gato que habla).

También cuenta como naufragio cuando percibes que tu matrimonio se va a pique sin remedio, o cuando se alejan de tu vida las personas que quieres y no vuelves a saber nada de ellas. Ni haciendo salvas con cañones vuelves a recuperarlas. Incluso cuando tu empresa, a la que dedicaste años de esfuerzos, hace agua por todos lados, estás convirtiéndote en un náufrago. Sin vocación, claro, pero náufrago al fin y al cabo. 

En mi caso, el naufragio que me trajo a esta isla fue la pura desesperación de no saber qué hacer con mi vida. Acababa de terminar la carrera y no era capaz de encontrar ningún trabajo. La mayoría de mis amistades habían abandonado el pueblo en que vivía, y otras empezaban a emparejarse. Yo seguía viviendo en casa de mis padres y me daba la sensación de que aquello podría prolongarse mucho tiempo.  

Así pues, como Robinson, me dediqué a elaborar un diario, con la esperanza de que no se me acabara la tinta, como le ocurrió a él. Más o menos, estas son las fases que atravesé, y que, ¡oh sorpresa!, se parecen bastante a las suyas.

Fase 1: ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Apenas me di cuenta de que la nave de mi vida estaba naufragando, el primer pensamiento fue creer que aquello no podía estar pasándome a mí. Revisé mentalmente toda mi existencia, desde que inicié parvulitos (en aquella remota época así se denominaba lo que ahora es "Educación infantil"; nosotros éramos no solo párvulos, es decir, pequeños, sino parvulitos, muy pequeños). No parecía que hubiera hecho nada mal, simplemente había seguido el plan previsto, pero cada día me sentía más desolada. 

En esta fase, tus ideas pueden oscilar entre (1) echarle la culpa a los demás o (2) sentirte culpable por no haber sabido hacerlo mejor. En el primer caso, acumulas toneladas de resentimiento hacia todas las personas que te rodean. Eso si tienes la suerte de que aún te rodee alguna, porque lo normal es que cuando uno naufraga por la vida, se encarga de espantar a todo aquel que se le acerca. En el segundo caso, que es el de Robinson, y también fue el mío, empiezas a convencerte de que todo puede ir a peor, y encuentras ejemplos a tu alrededor que te recuerdan lo malas que se pueden llegar a poner las cosas. Sientes entonces un pequeño consuelo al ver que otros están peor que tú, pero notas cómo cada día se te encoge el corazón, pensando que tú serás el próximo naufrago. 

Perderse en esta fase es el auténtico naufragio definitivo. A menos que sigas leyendo. 


Fase 2. Keep calm (¿Mantener la calma? Mecagüin...)

A fuerza de verte siendo la víctima del desastre, llega un momento en que aprendes a ver el lado cómico de las cosas. O al menos, comprendes que enfadarte o seguir peleándote con todo no va a devolverte a tu anterior situación. De repente piensas: "¡Qué vida más triste, Dios mío, cómo se estropean los cuerpos!", y la simple perspectiva de verte a ti mismo protagonista de una peli de humor te sacude la pereza de un plumazo.

En fin, te pones manos a la obra y salvas lo que puedes. Descubres entonces que dispones de recursos y herramientas, incluso más de los que pensabas. Es el momento en que contactas con antiguas amistades, recuerdas otras situaciones en que también te sentiste náufrago y empiezas a incorporar nuevas rutinas en tu vida. Te das cuenta de que la vida no es tan perra como pensabas, y es posible que recibas alguna ayuda extra que te dé el empujón definitivo.

En esta fase deberás asumir algunos riesgos. Algunas de las estrategias que pongas en práctica funcionarán, y otras no. Robinson, por ejemplo, dedicó semanas antes de poder fabricar una silla en la que sentarse, meses hasta domesticar un pequeño rebaño de cabras, pero cada día se levantaba con ese objetivo en mente. En cambio, jamás logró construir un barril para guardar el grano. En su lugar, aprendió a tejer cestos de mimbre. 

Lo que me pasó a mí fue algo distinto. Una llamada desde este lado del mar me animó a hacer las maletas y salir de mi pueblo natal. Me despedí con más prisa que pausa de cuanto había sido mi universo hasta entonces y crucé el charco. Un charco pequeñito, lo reconozco, pero hay agua: todo es riesgo. No tuve que talar árboles ni sembrar un huerto, aunque sí tuve que trabajar duro para hacerme un hueco.

Fase 3. Celebra tus éxitos

Religiosamente. Por muy pequeños que sean. Recuerdo que mi primer sueldo no llegó ni para pagarme lo que había gastado en autobús. Aun así, me sentía enormemente satisfecha. Lo viví como un gran triunfo. Después me fui poniendo otras metas un poco más difíciles, y las fui cumpliendo. 

La que más me costó fue sacarme el carnet de conducir. Un suplicio enorme, y un dolor de monedero inmenso. Reconozco que tardé mucho en celebrar este éxito, y no por falta de ganas, sino porque no llegaba nunca. Después de mi cuarto intento, empecé a festejar el solo hecho de tener el valor de presentarme al examen. Aprobé dos o tres convocatorias más tarde. 

Una estrategia que funciona muy bien consiste en agradecer cada día el simple hecho de estar vivo. Hacerlo conscientemente. Al levantarte o al acostarte, dedica unos minutos a reflexionar sobre la maravilla de la creación. Mira el cielo siempre que puedas, enciende una varita de incienso, o reza, pero siéntete afortunado por lo que estás viviendo. 

Unas veces es más difícil que otras. A veces no ves ningún motivo para celebrar, no hay un objetivo claro. No importa. Hazlo por hábito, por costumbre. Sin que te des cuenta, llegará el día en que te percatarás del enorme valor de la experiencia vivida. Entenderás que los resultados no son tan importantes como el proceso de aprendizaje seguido. Gran parte del dolor se transformará en apertura de consciencia, y el resto se disipará con el tiempo. 

Fase 4. Supervivencia por abdicación

Acéptalo. Cuanto antes, mejor. Ni masoquismo ni resignación. Solo acepta. No se trata de asumir como un mártir lo duro de tu situación, ni de flagelarte para expiar tus penas. Todo lo contrario. Desconecta tu pena del sufrimiento y concéntrate en encontrar una solución. 

Recién llegada a la isla me encontraba un poco perdida. Pero nunca pensé en volver a casa de mis padres. Me adapté como pude a las circunstancias que me rodeaban. Tenía gente que me estaba ayudando y acepté que lo mejor era asumir que esa decisión no tenía marcha atrás. Solo había una opción: seguir adelante. Cuando aceptas esto, tu visión se amplía. Dejas de preocuparte por nimiedades, y te enfocas en lo verdaderamente importante. 

Hace poco leía sobre el poder de la atención, y cómo puede cambiarte la vida. Hay una ley no escrita que dice que aquello en lo que fijas tu atención, se expande. Es como si, de alguna manera, fabricáramos nuestros propios miedos. ¿Os acordáis de la película Esfera, con Dustin Hoffman y Sharon Stone? (Otro día le dedicaré un post). Da un poco de miedo, pero ilustra muy bien lo que podemos hacernos a nosotros mismos si nos enfocamos en los pensamientos destructivos.  

Fase 5. No te rindas

A partir de ahora, vas a tener que poner todo tu empeño en valerte por ti mismo. Por muy bien que logres adaptarte a las nuevas situaciones, cada vez aparecerán nuevos peligros, reales o imaginarios, y tendrás que volver a poner en marcha todos tus recursos. 

Robinson, superadas las fases anteriores y perfectamente instalado en su isla, se encontraba cada primavera con nuevos desafíos. Se le iban acabando provisiones básicas que no podía suplir: la pólvora, la tinta, el ron. Los pájaros y animales salvajes atacaban sus cosechas, se rompían las ropas y herramientas que había logrado rescatar, y aún así seguía adelante. Incluso se aventuró a construir una piragua para escapar de la isla. 

Por mi parte, en estos años también me han sacudido vientos de todo tipo. He perdido trabajos y he encontrado otros. Algunos amigos se quedaron por el camino, a muchos los he vuelto a recuperar. He cambiado de casa, de coche, me han robado varias bicicletas... La vida sigue. 

Posdata

Hasta aquí, menos en lo de construir una canoa, mi diario coincide más o menos con el de Robinson Crusoe. Después él conoció a Viernes, y nuestras vivencias se separaron. Años más tarde yo también encontré un compañero, pero eso es otra historia y debe contarse en otro lugar

 

¿Alguna vez habéis vivido una situación de "náufrago"? ¿Cómo os enfrentásteis a ella? ¿Qué estrategias os funcionan? Si me escribís, prometo contestar. Mil gracias.

¡Hasta la semana que viene!





   

El emprendimiento explicado por un niño de siete años o cómo la flexión supera la re-flexión

 

Una tarde productiva

El fin de semana pasado fue nuestro último domingo de playa. Nos habíamos sentado toda la familia en una media tapia para contemplar el azul intenso del cielo, en contraste con la línea clara del mar. Si no fuera porque lo teníamos delante, habría dicho que se trataba de un paisaje de Photoshop, perfecto, nítido y brillante, sin un efecto de más ni un tono de menos. 

Tomábamos un helado, cuando el niño, un diablillo rubio que hace ya siete años se instaló en nuestras vidas, se acercó corriendo, sosteniendo un papel mojado en la mano. Al principio pensé que se trataba de una de las muchas bagatelas que los niños son capaces de encontrar en los sitios más insospechados. Es sorprendente la de cosas que guardan en sus bolsillos, desde plumas de gaviota, hasta pedazos de cintas de colores, o semillas rarísimas. Hasta chicles usados le he descubierto yo. Sin envolver.
Mi Mallorca querida

El niño sujetaba entre sus dedos lo que parecía un trozo de lienzo de color verdoso. Un banderín de publicidad mohoso, pensé. Su sonrisa indicaba que había encontrado un pequeño tesoro, y ya me imaginaba el proceso de secado, alisado y posterior custodia en su cofre de tesoros. 

Pero, para nuestro asombro, visto de cerca, aquello no solo parecía, sino que era... ¡un billete de 100 euros! ...cuidadosamente enrollado y ligeramente mojado.

El niño empezó a gritar loco de contento, y a dar saltos de alegría, mientras su padre y yo intentábamos apaciguarle, indicándole que bajara el tono de voz. No era cosa que cualquiera se despertara de su modorra siestera y reclamara el billete. De todas formas, para estos casos, conozco un truco muy bueno. Consiste en preguntar el número de serie. Si no lo sabe, ¿cómo puede demostrar que el billete es suyo? Je, je.

La flexión supera la re-flexión

Mientras decidía si debíamos buscar al propietario del billete, un flashback me devolvió a  una situación que viví en mi propia infancia, cuando todavía no existían los euros, y los billetes más grandes en España eran morados, de diez mil pesetas. Será casualidad o no, pero un día yo también me encontré uno. Lo recuerdo perfectamente; estaba con mi mejor amiga en la pastelería de mi pueblo. Hasta me acuerdo del olor de los pasteles, y de los zapatos que pisaban el suelo. (Bueno, los zapatos no olían, pero también los recuerdo). Había unos mocasines de caballero, marrón oscuro, estilo castellano; unos merceditas negros de niña (creo que eran los míos); y unos zapatos de salón de señora de ante azul. En medio, como una pequeña isla misteriosa, zozobraba a la deriva el billete en cuestión, doblado en dos. 

Mi primera reacción fue darle un codazo a mi amiga, que llevaba unas botas camperas sin cordones de color crema, y señalar con los ojos el hallazgo. Mi amiga no dijo nada, solo se agachó, recogió el billete y se lo guardó. Salimos juntas de la tienda y aceleramos el paso. 

Corrió hacia su madre, que estaba en la otra punta de la plaza, y le enseñó el billete. "Mira lo que me he encontrado", dijo. Y sin que yo hubiera sido capaz de reaccionar, aquel billete voló para siempre de mi vida. No volví a saber nada más de él. Ni lo vi ni lo toqué. Ni siquiera me entregaron alguna sobra en calderilla. Nada. Cero. 

Mi amiga, en cambio, al cabo de unos días, estrenó un par de zapatos, esta vez unas manoletinas, y un vestido nuevo. Aprendí que memorizar el número de serie de un billete no es tan importante como flexionar las rodillas y agarrarlo. La flexión supera la re-flexión.

Actualización instalada correctamente

De vuelta al presente, y ya en casa, no he parado de darle vueltas al asunto. Por alguna extraña razón todo eso ha removido algo profundo dentro de mi psique. Este niño va a volverme loca. ¿Pues no quiere enmarcar su billete en un cuadro como el Sr. Cangrejo hizo con su primer dólar? (Véase el capítulo correspondiente de Bob Esponja, uno de los trending topic de mi casa).

Es fantástica la vida, y elástica, mucho mejor que cualquier tutorial de Youtube. Los vídeos de tu vida vienen una y otra vez, se descargan en tu memoria hasta que se instalan correctamente. A veces es necesario que pase mucho tiempo, hasta que tu cerebro se ha configurado y es capaz de aceptar software novedoso. Por precaución, y por si acaso mi materia gris se veía contaminada por algún virus o bacteria, nunca antes había querido ver la realidad de esa anécdota de este modo, y confieso que llegué a pensar que mi amiga era una aprovechada

Pero bien mirado, y ya con mi sistema operativo actualizado, creo que debo llamarla para felicitarla y para darle las gracias: aquel día me transmitió una gran enseñanza que no había llegado a entender del todo hasta el día de hoy. Al final me ha parecido mejor dedicarle esta entrada, y así compartirla con todos vosotros. 

Pero eso no es todo. Pensando, pensando (no puedo evitarlo, pertenezco a la generación a la que inculcaron la visita a las bibliotecas antes que la consulta de la Wikipedia) he llegado a relacionar estos sucesos con uno de mis libros favoritos. Y el de mucha gente. Reconozco que no se trata de ninguna novedad editorial, pero como aún no he entrado en ningún programa de marketing de afiliados, no me importa.

Mi hijo y Covey

Covey customizado

En "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva", Steve Covey dedica un generoso capítulo a la proactividad. La define como una mezcla de iniciativa, responsabilidad y compromiso. Iniciativa para hacer las cosas sin que nadie te lo pida. Responsabilidad para entender que nadie lo va a hacer por ti, y compromiso para mantener esa actitud constante en el tiempo.
Vamos por partes, porque el asunto tiene tela.

Iniciativa

Aquí se trabaja
Primero la iniciativa. No se trata de pensar en hacer algo, no es proponerse una tarea, ni emprender a lo loco cualquier actividad. Iniciativa viene de iniciar. Es un verbo de acción. Significa simplemente actuar, dar el primer paso para conseguir algo. Incluso rastreando un poco en su etimología, he descubierto que initiare, en latín, tenía un sentido como de cruzar una puerta mágica de acceso a los más grandes misterios de la vida. O algo así. 

Dándole otra vuelta de tuerca a mis locas neuronas, ahora veo que tener iniciativa es atreverse a hacer lo que otros no hacen. Es colocarse al principio del camino y dar el primer paso. No basta con ver la señal, el dintel que marca la ruta (o el billete tirado en el suelo, sniff, qué pena, aún me duele). Hay que pasar a la acción, hay que flexionar y dejar de re-flexionar. Esto lo he aprendido bien. La iniciativa es algo que se toma, no te la dan.

 

Responsabilidad

Y volviendo a mi traumática experiencia, la pregunta que yo misma me he hecho muchas veces, y que seguramente vosotros también, es: "¿Pero por qué no atrapaste tú el billete?". Me alegro de que me lo preguntéis, porque eso me obliga a encontrar una respuesta. No me agaché a recogerlo porque pensé que no era asunto mío. Vi aquel billete, se le había caído a alguien, y me dije: "Pues que se agache él". Pequé quizás de candidez, creyendo que ese billete ni me pertenecía ni tenía derecho sobre él. Sin embargo, ni mi amiga ni mi hijo pensaron lo mismo. 

En realidad se trata de una cuestión de hacerse o no responsable. Un billete de banco, como cualquier idea, negocio, ocurrencia e incluso el conocimiento o la sabiduría, no tienen nombre ni apellido. No pertenecen a nadie. Son de quien toma la responsabilidad de darles un uso. Un billete tirado en el suelo no vale nada. Una idea escrita en un papel no tiene ningún sentido. Un negocio que no se pone en marcha no aporta ningún beneficio. El conocimiento encerrado en libros no aporta valor. En cambio, la persona que cambia un billete por unos zapatos, está aportando valor; el que pone fecha a la realización de una idea está aportando valor; el que asume el riesgo de hacer, ese está dando valor. El que lee el conocimiento y lo transforma en algo útil, da valor. Está asumiendo la responsabilidad: soy yo el que da sentido a los objetos; soy yo el que hace real lo abstracto. Las cosas no valen nada por sí mismas. Son las personas quienes les dan valor. Eso es la responsabilidad: asumir que tú das valor a las cosas que te rodean.

Compromiso

Sin embargo, todavía queda otro tema pendiente, que mi hijo se ocupa de recordarme continuamente: "¿Qué vamos a hacer con el billete?". Yo me niego a tenerlo enmarcado en la pared del salón, cosa que tampoco sería tan mala idea. Peores obras de arte se han vendido por más dinero. Quizás se trata solo de customizarlo a nuestro estilo. En fin, lo añadiré a mi lista de preocupaciones

El cuadro más caro de mi casa

El caso es que mi hijo es muy consciente de que, como legítimo nuevo propietario del billete, desea invertirlo de la forma más provechosa posible. Lo demás no le preocupa. Ha escrito en su diario la fecha del día en que encontró el billete. Ha recontado todas las monedas que guarda en su hucha y les ha sumado el valor del billete. 153 euros y 74 céntimos. Ha buscado en Playstore las actualizaciones de Minecraft que le interesa adquirir y ha dibujado los planos del nuevo mundo que va a construir. Con lo que le sobre, piensa hacer un viaje para ir a ver a sus abuelos, y el resto se lo gastará en golosinas para sus amigos. Ampliando el círculo de influencia. Mayor compromiso con su idea no puede pedírsele.

Retomando el libro de Covey, leo: "Las personas proactivas (...) se dedican a las cosas con respecto a las cuales pueden hacer algo. Su energía es positiva: se amplía y aumenta, lo cual conduce a la ampliación del círculo de influencia" (página 97 de la edición española de Paidós, año 2002). Más adelante (página 107), dice: "Los compromisos con nosotros mismos y con los demás y la integridad con que los mantenemos son la esencia de nuestra proactividad".

O sea, que en eso consiste el compromiso. Nada que ver con anillos matrimoniales ni promesas que da pereza cumplir. El compromiso es ser coherente con uno mismo. Actuar acorde a tus valores y tus creencias. Mantener la constancia de tus decisiones en el tiempo y en el espacio, a pesar de las circunstancias y el entorno. 

 

Epílogo y hasta luego

Así me he quedado yo, con la boca abierta, después de tamaña lección en alguien tan menudo. Sin nada que añadir. 

Aunque ahora le doy vueltas a eso del karma: ¿será que aquel billete de diez mil que no quise tocar ha vuelto a mí en forma de niño? Porque en ese caso, la responsabilidad y el compromiso vuelven a insistir para instalarse en mi obsoleto cerebro. Aunque, claro, a mi hijo no lo encontré en una pastelería, algo de iniciativa sí que tuve...

No lo sé, estoy hecha un lío, ¿qué pensáis vosotros?

¡Hasta la próxima semana!
 
 

Atrapado en el tiempo


Siempre que tengo un día tonto de esos en que parece que nada tiene sentido y el tiempo parece no avanzar, echo un vistazo a mi particular filmoteca memorística. Una de las cintas que no faltan y que, inevitablemente, me despierta una sonrisa es Atrapado en el tiempo

La peli tiene ya sus años, más de veinte (es de 1993), y es encantador recuperar la nostalgia de aquellos años, recién terminados los ochenta, viendo a Andie MacDowell jovencísima y con hombreras, y a Bill Murray apuntando ya maneras con la cara entre qué-hago-yo-aquí y estoy-de-vuelta (inocente y ácido) que acabó de cuajar en Lost in translation (2003). 

La mayoría de nosotros la hemos visto en pantalla pequeña, pues es una película que encaja muy bien en las largas tardes de invierno, cuando uno no tiene ganas de complicarse la vida con intrigantes o enredados argumentos, y lo único que busca es entretenerse y sonreír. Enciendes la tele, y ahí está, puntual a su cita. En cualquier cadena, una tarde u otra, entre el otoño y la primavera, vuelve a aparecer. Su eficacia televisiva hace honor a su nombre, y desde luego, si la reponen una y otra vez no es porque no encuentren otro título con que entretener a la audiencia. Es que el film tiene méritos por sí mismo para atrapar al espectador.

Atrapado en el tiempo no es una película para pasar el rato, sino más bien una aguda y amable reflexión sobre el uso que hacemos del tiempo. Todos nos identificamos con la sucesión de mañanas que parecen iguales, en las que mínimos cambios no marcan la diferencia. Reconocemos la cara de estupor de su protagonista cuando, ante las mismas meteduras de pata, recibe los mismos desastrosos efectos, sin reconocer en esa cadena de acontecimientos la lógica de la ley de acción-reacción. Nos sonreímos con sus predecibles y repetidos diálogos, y en todas sus escenas encontramos un trozo de nuestras propias vidas. Hasta en el estrambótico anuncio del Día de la marmota (Groundhog Day en inglés) nos tropezamos con alguna sensación semejante en nuestra cotidianeidad.

Hay una escena inolvidable que seguro que a más de uno le hace recordar la película entera. Se trata del momento en que Phill entra en un bar, para aliviar sus penas y su aburrimiento, tras una sucesión de insulsos días en un pueblo perdido que podría estar en cualquier parte del mundo, pero que está en Estados Unidos. Inclinados sobre la barra, con cara de absoluta desidia y abandono, dos amigos beben una jarra de cerveza tras otra mientras intentan consolarse de su triste destino. "Todos los días me parecen iguales", dice uno de ellos, y el otro añade: "Sí, cada día igual, trabajar, beber, dormir, y otra vez trabajar". Phill los mira suspirando y añade: "Os comprendo", y se une a ellos para beber. 

Cuando el protagonista empieza a darse cuenta de que su situación no tiene remedio, y que ha entrado en una extraña espiral en que los días se enlazan unos a otros y retornan al mismo inicio, al principio se desespera. Busca todas las formas posibles para escapar de la pesadilla: se tira desde lo alto de un edificio, se arroja a las vías del tren, intenta envenenarse. Pero cada día vuelve a despertar. 

Poco a poco acepta que su condición es inevitable, y comprende que conocer de antemano lo que va a pasar le da un gran poder. Empieza ayudando a la gente de a su alrededor, a la huésped de su hotel que se atraganta con el beicon del desayuno, al mendigo que tose junto a un cubo de basura... Algunas veces puede cambiar el curso del destino. Otras no. Adquiere así una consciencia brutal sobre la realidad y acaba por entender dos cosas: primera, que los errores pueden enmendarse, y segunda, que uno nunca sabe cuándo será su último día. 

Decide aprovechar los pequeños ratos de tiempo que le permite el tránsito entre un día y otro, y aprende a tocar el piano, a bailar, a hablar francés. Cosas a las que antes no veía el sentido y que, ahora, aportan un gran valor a su vida, pues las vive como una forma de entrega a los demás, de alegrar sus días. Piensa también en lograr una jornada perfecta, y se esmera por mejorar todas y cada una de las situaciones que se le plantean a diario, aportando, cada vez, algo nuevo, diferente y de impacto dentro de la comunidad en la que se halla. 

Hasta que, por fin, consigue un día perfecto, que no es otro que el siguiente al Día de la marmota. Nada especial, y sin embargo, tan significativo. Él es ya otra persona y su vida nunca será la misma. 

Así que, si alguno de estos días te sientes más o menos como si los días fueran iguales, como si la rutina te aplastara, recuerda que tú puedes cambiarlo. Haz algo diferente. Toma otra línea de autobús. Saluda a los que te cruces por el camino más de tres días seguidos. Aprovecha los microtiempos para aprender algo diferente cada día. Utiliza una frase distinta para terminar tus emails. Realiza esa llamada que has estado posponiendo. Permítete un capricho. Sal a mirar el amanecer... Hay tantas cosas nuevas cada día... Tu misión consiste en encontrarlas.